Los nuevos libros de Juan Manuel Bonet y Juan Villoro sobre sus obsesiones urbanas subvierten la tradición del escritor paseante.

Puede que El vértigo horizontal de Juan Villoro (Anagrama) y El París de Cortázar de Juan Manuel Bonet (editado por RM) sean los libros más bonitos para la vista y el tacto que han llegado a las librerías españolas en los últimos meses. El libro de París-Cortázar está lleno de portadas de discos de jazz de los años 50, de fotos de personajes secundarios fascinantes, de amigos inesperados y de amantes que alguna vez estuvieron con otros amantes, de primeras ediciones y de cuadros… Todo tanBonet. En cambio, en El vértigo horizontal abundan las escenas cotidianas de la Ciudad de México, relatos un poco chistosos y un poco trágicos, ilustrados por fotos en las que hay muchísima gente por todas partesTan Ciudad de México.

El vértigo horizontal El París de Cortázar tienen más cosas en común: son dos libros de flânerie imposibles. Villoro lo explica en las primeras páginas de su libro: no es fácil ser flâneur en la Ciudad de México porque dar un paseo desde su barrio, Coyoacán, hasta el centro histórico es tarea de un héroe. «Sí se puede caminar pero lo consideramos un deporte extremo», dice el novelista de El disparo de argón. Mientras, el libro de Bonet transgrede las normas del género porque, en el fondo, la ciudad no es lo que de verdad importa. A pesar de que la palabra París aparece en el título, Bonet no pasea por la ciudad: pasea por Rayuela, por El perseguidor y por 62 modelo para armar, los textos más parisinos de Cortázar donde captura caras, escenas y detalles aparentemente irrelevantes para convertirlos en literatura. Lo que se supone que hace un flâneur.

Bonet recibe en su casa de Madrid en la mañana del día en el que arde Notre-Dame. «Hay algo en lo que no había caído antes que es la fascinación que Cortázar tenía por por los resquicios del París medieval, el París mágico. Eso se nota, por ejemplo, en los cuadros que le gustaban».

El París de Cortázar nació en la época en la que Bonet dirigía el Instituto Cervantes de París y organizaba una ruta turística vinculada a los lugares de Rayuela. Con esa excusa, el escritor español (nacido en París, en la época en la que Cortázar trabajaba en la Unesco) redactó un pequeño glosario sobre Julio y la ciudad: «Hablamos, básicamente, de la orilla izquierda: el Barrio Latino, la zona de Saint-Sulpice…». Como el juego era divertido, el glosario ha ido creciendo hasta ahora, cuando se ha presentado con la forma de un diccionario en el que aparecen entradas como «Cafés», «Galerías», «Davis, Miles» «Cubismo» o «Gómez de la Serna, Ramón».

«Una de las entradas que más me gustan es la de ‘Pasajes’», explica Bonet. Su texto remite a El otro cielo, un relato de Cortázar incluido en Todos los fuegos el fuego (1966). Allí, el narrador empezaba el cuento en Buenos Aires, en los años finales del primer peronismo. Entraba en el Pasaje Güemes, entre las calles Florida y San Martín, atravesaba sus 116 metros y, al salir, descubría que había desembocado en el París del segundo Imperio, donde el Conde de Lautréamont lo esperaba.

El otro cielo parece una anécdota pero es importante porque expresa cuál era la relación de Cortázar con la ciudad. Punto primero: París comunicaba y se medía con Buenos Aires. «La parte bonaerense de Rayuela representa el inframundo; la parisina es más luminosa», dice Bonet.Segundo: Cortázar veía la ciudad a través de sus lecturas. «Cortázar llegó a Francia con París muy bien aprendido a través de los surrealistas. La gran influencia fue Opio de Cocteau, traducido por Julio Gómez de la Serna». Y tercero: París era para el autor un lugar que se recorría. Cogía metros al azar, deambulaba sin rumbo, convertía a los vagabundos en héroes… Al principio, emulaba a los flanêurs clásicos y se fijaba en los adornos de las cornisas y en las piscinas abandonadas… Después, empezó a pensar en París como un escenario de De Chirico. Y, con el tiempo, actuó como un pre-situacionista, transgresor y guasón.

Julio Cortázar y Aurora Bernárdez, en los muelles del Sena, en 1953.LIPA BURD

En El vértigo horizontal de Villoro no aparece Cortázar pero hay otros escritores: está Juan José Saer, que inventó la frase del título, aunque él lo empleara para La Pampa; está Carlos Monsiváis, de cuyos textos defeños parece venir el tono bienhumorado que usa Villoro;está Doménico el Audaz, un poeta/cantante de los bajos fondos… «La primera novela en la que la Ciudad de México fue la protagonista fue La región más transparente, de Carlos Fuentes. ¿Sabe cuántos habitantes tenía la ciudad entonces, en 1958? Cuatro millones.¿Sabe cuántos tiene ahora? Entre 17 y 21 millones. La ciudad de Carlos Fuentes era tan grande como el margen de error que tenemos hoy», explica Villoro.

La escala es importante para entender en qué se diferencia la relación de un chilango con su ciudad y la de un berlinés con Berlín o un sevillano con Sevilla. «En la Ciudad de México no necesitas ser flâneur para extraviarte.El extravío es el estado natural», explica Villoro. «La ciudad desafía el entendimiento humano por su escala. Uno se resigna a no conocerla nunca por entero, piensa en la ciudad como una conjetura. Hay sitios que se dice que existen pero nadie sabe dónde están». Villoro cuenta que ha vivido en 12 casas distintos en su ciudad. «Siempre al sur del Viaducto [una vía rápida que cruza la ciudad de este a oeste]. Si vivías en el sur y tenías una novia que viviera al norte del Viaducto, la gente te decía que mejor dejarlo porque los amores en la distancia no funcionan».

El vértigo horizontal tiene 47 textos cortos que son como catas aleatorias en la realidad incomprensible de la Ciudad de México: aquí aparece la evocación de una infancia en una colonia de clase media en la que los niños jugaban en la calle; allá, la rareza de los cafés, que nunca tuvieron mucho éxito; más lejos, el relato de un trámite gestionado por una funcionaria que no se sabe si es idiota o demasiado lista… Uno de los capítulos habla de las zotehuelas, algo así como los tendederos de las casas de la ciudad, un lugar en el que las mujeres se encontraban, fumaban y hablaban con libertad. «La literatura del flâneur también consiste en eso, en encontrar espacios secretos en los que la gente se comporta de otra manera», explica Villoro.

La conclusión, en el fondo, es la de siempre: los vecinos de México se debaten entre el amor y el odio hacia su ciudad… como nos pasa a todos, ¿no? «La diferencia es que todo está llevado al extremo.Sólo el hecho de vivir en México es agotador, es como tener un trabajo a medio tiempo. La nostalgia también está llevada al extremo porque la ciudad de mi infancia es irreconocible hoy».Y aún no hemos hablado de los terremotos, de la amenaza latente con la que viven los mexicanos.

El de 1986 pilló a Villoro en casa.El de 2015, en el coche. «Tardé en entender lo que pasaba, pensé que había pinchado». Por en medio, tuvo la suerte de vivir el terremoto de Chile de 2010 en una planta alta de un hotel de Valparaíso. «El miedo es una parte de la experiencia de vivir en la Ciudad de México». Sin embargo, Villoro no se ha ido.Sólo ha pasado seis años de su vida lejos de su ciudad, tres en Berlín Oriental y tres en Barcelona. «Yo sí que camino.Lo que no consigo es que nadie me acompañe

Ver nota: elmundo.es | Luis Alemany